Hemos estudiado para conocer una norma o una ley, y también hemos estudiado para interpretarla y luego defenderla. Hemos aprendido a crear un punto de vista a partir de las experiencias y también de la intuición.
Todo ello nos ha forjado a ser un perfil de abogado o abogada apegado a nuestro criterio y punto de vista. Eso nos hace mejores o peores profesionales, dependiendo del ojo con que se nos mire.
¿Pero qué pasa cuando no sabemos acogernos a lo fluctuante, a lo cambiante?
Una de las características de algunos funcionarios es ser implacables. Todo bien, es su carácter y forma. Lo mismo ocurre con algunos gerentes, e incluso con profesionales en formación.
¿Quién nos ayuda a ser flexibles y a adaptarnos a nuevas situaciones? ¿Dónde nos enseñan a ser moldeables y capaces de cambiar de estado o de mindset en búsqueda del bien común?
Creo que nadie. Creo que es algo que se aprende con el tiempo, particularmente en esta profesión.
Las ventajas que yo he logrado siendo más flexible han sido innumerables, pero van de adentro hacia afuera: He aprendido a ser más humilde y aceptar que otra opinión o visión puede sumar a la mía, y en muchos casos ser más precisa que la mía. A no cargar con la mochila de la responsabilidad de saberlo todo, sino a abrirme a la posibilidad de aprender desde otras miradas. Ha mejorado mi empatía con respecto al otro.
Pero claro, no todo es bueno: el punto de inflexión es aquel donde encontramos un ganar-ganar. Debo confesar que no suelto mi posición rápido, pero no me cierro a otras posibilidades.
La forma de ver el mundo es única. La flexibilidad me ayuda a ser más colaborativo, a tener soluciones más rápidas, donde no pretendo ser el protagonista. Antes lo veía como perder espacio, pero ahora lo reconozco como un signo de madurez y seguridad.


