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La flexibilidad de un abogado

La flexibilidad de un abogado

Hemos estudiado para conocer una norma o una ley, y también hemos estudiado para interpretarla y luego defenderla. Hemos aprendido a crear un punto de vista a partir de las experiencias y también de la intuición.

Todo ello nos ha forjado a ser un perfil de abogado o abogada apegado a nuestro criterio y punto de vista. Eso nos hace mejores o peores profesionales, dependiendo del ojo con que se nos mire.

¿Pero qué pasa cuando no sabemos acogernos a lo fluctuante, a lo cambiante?

Una de las características de algunos funcionarios es ser implacables. Todo bien, es su carácter y forma. Lo mismo ocurre con algunos gerentes, e incluso con profesionales en formación.

¿Quién nos ayuda a ser flexibles y a adaptarnos a nuevas situaciones? ¿Dónde nos enseñan a ser moldeables y capaces de cambiar de estado o de mindset en búsqueda del bien común?

Creo que nadie. Creo que es algo que se aprende con el tiempo, particularmente en esta profesión.

Las ventajas que yo he logrado siendo más flexible han sido innumerables, pero van de adentro hacia afuera: He aprendido a ser más humilde y aceptar que otra opinión o visión puede sumar a la mía, y en muchos casos ser más precisa que la mía. A no cargar con la mochila de la responsabilidad de saberlo todo, sino a abrirme a la posibilidad de aprender desde otras miradas. Ha mejorado mi empatía con respecto al otro.

Pero claro, no todo es bueno: el punto de inflexión es aquel donde encontramos un ganar-ganar. Debo confesar que no suelto mi posición rápido, pero no me cierro a otras posibilidades.

La forma de ver el mundo es única. La flexibilidad me ayuda a ser más colaborativo, a tener soluciones más rápidas, donde no pretendo ser el protagonista. Antes lo veía como perder espacio, pero ahora lo reconozco como un signo de madurez y seguridad.

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¿Adónde voy?
Una pregunta incómoda pero necesaria

A lo largo de mi carrera, he tenido muchas conversaciones con profesionales del derecho que, probablemente como tú, se han enfrentado a momentos de duda e incertidumbre. En estas charlas, me han compartido experiencias que se repiten más de lo que imaginas. Uno de ellos, por ejemplo, me confesó no estar seguro de si realmente disfrutaba su trabajo o si lo que sentía era simplemente el peso de un desgaste acumulado. Me dijo que, en ocasiones, no le gustaba cómo era cuando trabajaba: cómo reaccionaba, cómo se relacionaba con los demás, cómo parecía perderse en el camino. Y luego, compartió una frase que resuena con muchos otros profesionales: «No sé a dónde voy» .

¿Te suena familiar? Si es así, no estás solo. Muchos profesionales visionarios como tú, que día a día resuelven problemas complejos para sus clientes o diseñan soluciones para desafíos aún inexistentes, de puertas para adentro se sienten perdidos.

Hay un ruido de fondo constante, un malestar que aparece en los momentos de silencio: en casa, en el coche, en la cama. Ese ruido de fondo, casi imperceptible durante la vorágine del día a día, cobra fuerza cuando la actividad cesa. Es entonces cuando aparecen las preguntas, las dudas, la incomodidad de no saber si el problema está en lo que haces o en cómo te sientes mientras lo haces.

¿Te has detenido a escuchar ese ruido?

Ese ruido de fondo puede pasar desapercibido porque el ruido ambiental del trabajo lo solapa. Pero cuando el ruido ambiental baja, el de fondo emerge con fuerza. Si no lo escuchas, no lo analizas y no lo gestionas, puede llegar a un punto en el que se vuelva insoportable. Y cuando eso pasa, las consecuencias pueden ir desde el insomnio hasta una disminución en la calidad de tu trabajo y, en algunos casos, incluso en tu autoestima.

A veces, en conversaciones de coaching, mis coachees me dicen que culpan a su trabajo de cómo se sienten: “Es el trabajo lo que me está afectando”. Entonces les pregunto: ¿De verdad es el trabajo? ¿O es cómo te sientes cuando lo haces?

¿Te has detenido a reflexionar sobre esto?

Sé que detenerte puede parecer imposible. Me lo dicen todos: “Fernando, es que no tengo tiempo”. Y yo siempre respondo con números:

  • Si trabajas 10 horas al día durante 22 días al mes, eso suma 220 horas al mes.
  • Si dedicamos 45 minutos a la semana a una sesión de coaching, eso son 3 horas al mes.

Haz las cuentas: eso es apenas un 1,36% de tu tiempo mensual.

Entonces, te pregunto: ¿puedes dedicarte un 1.36 % de tu tiempo para detenerte, analizar, identificar y gestionar ese ruido de fondo? ¿Puedes permitírtelo para tomar el control y encontrar respuestas?

La mayoría de mis coachees, después de pensarlo, responden: “Creo que sí”. Y es ahí donde empezamos a trabajar juntos, no para que yo te dé respuestas, sino para que te ayude a apuntar tu propia linterna hacia esos lugares incómodos, pero llenos de posibilidades.

Porque si no sabes qué es lo que realmente te incomoda, ¿cómo vas a solucionarlo?

Y tú, ¿qué harás con ese 1.36 % de tu tiempo? ¿Seguirás intentando enhebrar aguja e hilo cabalgando al galope sin detenerte? Quizás hoy sea el momento de parar, reflexionar y preguntarte, de verdad: ¿a dónde voy?

¿Cuándo es tu momento?

¿Estás esperando el momento perfecto? Te entiendo. A veces creemos que llegará con un gran anuncio, con señales claras y contundentes, pero la verdad es que el momento justo puede ser ahora, mientras lees esto, o quizás dentro de 5 años, en un instante en el que el ruido de fondo te haga detenerte y recordar estas palabras.

Las oportunidades nacen cuando tienes claro que no estás sólo en este camino. Porque cuando ese momento llega —hoy, mañana o en una década— es esencial que seas consciente de que tienes a tu disposición un activo valioso, un socio estratégico, que soy yo. Estoy y estaré aquí para ayudarte a construir ese instante clave y convertirlo en un punto de inflexión.

Tu momento no está condicionado al tiempo, lo está en las decisiones que tomes.

Hasta luego, nos vemos en TU momento.